Llanto

Un país que nunca aprendió

Cuento de un país que nunca aprendió

Había una vez un país patético; un territorio baldío, un secarral. El estercolero maloliente en el que unos cuantos millones de personas vertían su bilis, su mala baba, su rabia verdosa y densa, sus rencores enconados, sus insatisfacciones putrefactas, sus ansias de pelea barriobajera, su cerril empeño en quedar por encima del resto, de sentirse más fuertes, más listos, más capaces que sus conciudadanos.

Las ideas, las inclinaciones, las filosofías de vida propias, personales, debían extenderse al resto. Los unos y los otros convencidos de que solo hay una manera de pensar y de que quien se salga de esa senda, inevitablemente había de ser un obtuso, un descerebrado, un ignorante, un analfabeto; cuando no algo peor, según de qué lado se estuviera opinando.

Ese país era un sinsentido, una equivocación patente, un error permanente atávico y consentido que vivió más de cuarenta años en una paz engañosa, una convivencia ilusoria, una tolerancia fraudulenta que mantuvo a sus habitantes en estado de letargo convencidos de la buena salud de su entendimiento; de los logros alcanzados; de “lo bien que lo habían hecho”.

Ese país, hace más de cuarenta años, salió de un, demasiado largo período de vida gris y miradas huidizas, de miedo espeso y odio visceral creyendo haber abierto las ventanas, esas que iban a permitir que la luz y el aire limpio de un exterior vetado, condenado, ignorado hasta entonces, entrara y borrara la sensación de fracaso acumulada en las entrañas. Una pesada carga que impedía respirar hondo y lanzar la mirada a lo lejos, a un futuro con el que ni se permitía soñar.

Pero todo fue un espejismo, una ensoñación que duró más de cuarenta años durante los que sus habitantes, en lugar de curar sus heridas eliminando la ponzoña que el enfrentamiento había producido, en lugar de vaciarse de miserias y rencores, los fueron avivando, manteniéndolos en un caldo de cultivo oscuro y nauseabundo que hacía imposible que la mierda permaneciera oculta. La bolsa en la que guardaron tanto pus estalló infectando las calles y las casas, los museos y las estaciones, los libros, los discos y las marquesinas de los autobuses.

Llegó a los pisos más altos de los más altos rascacielos construidos en tiempo de paz engañosa. Barrió las aceras de las urbanizaciones privadas y de los barrios dormitorio de las grandes ciudades.

Alcanzó las espadañas de las iglesias de los pueblos, las fuentes de piedra, los chorros metálicos. Infectó las guarderías, los colegios, los institutos, las universidades y hasta las aulas de la tercera edad. Nada quedó libre de su malsano hedor. Nada ni nadie.

Aquellos que soñaron que un día, cuando todos hubieran desaparecido y solo quedaran las generaciones que nunca oyeron hablar del dictador, el mundo se convertiría en otra cosa; los enfrentamientos serían honestos, sin rabia, despojados del conocido rencor secular, terminaron por darse cuenta de que nunca llegarían a esa meta.

La infección se trasmitía de padres a hijos; vivía en el líquido amniótico, se mamaba de los pechos de las madres; se inhalaba en los besos de los padres, en sus caricias, en cada palabra de amor, en cada conversación casera. Estaba en el aire y en el agua. El virus se retroalimentaba haciéndose cada día más fuerte, más resistente, más dañino. Para ese país no había esperanza de vacuna ni de medicación alguna.

Ese país patético, baldío, ese secarral bellísimo, no había nacido para la convivencia pacífica sino para el enfrentamiento cainita, la descalificación y el odio.

Lo vivido, el pasado, solo fue una escusa más que cada uno metía en su mochila según sus preferencias. Argumentos para rellenarla una y otra vez. Para no permitir nunca que se vaciara del veneno que, no nos engañemos, todos llevamos dentro.

Firma
Julia de Castro Álvarez
Julia de Castro Álvarez

Nacida en Madrid es Graduada en Educación Social y ferroviaria. Apasionada de la literatura y el trabajo de voluntariado en barrios desfavorecidos del sur de Madrid. Colabora con la Asociación de Ocio y Tiempo Libre “Halcones de la Amistad” para dinamizar la vida cultural y el entramado social de estos barrios. Es miembro y fundadora del grupo de artistas, Rincón del Arte. En 2012 coordina la publicación del libro de relatos para niños “Los hijos de la isla”, y en 2013 el poemario “Oigo susurrar a las hojas”, obras escritas con fines solidarios en colaboración con otros autores. En 2016 aparece su primer libro en solitario, “Escrito en femenino singular”, libro de poemas y relatos con la mujer como protagonista e hilo conductor. En 2019 publica la novela “La caja egipcia”, un viaje en el tiempo y el espacio en busca de las razones que llevaron a Teresa tan lejos de su tierra. En 2014 obtuvo el Primer premio en el I Certamen literario “Rincón del Arte – Haiku San” en su modalidad de poesía.

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